RECUERDOS

Recuerdos de juventud, recuerdos de la niñez, recuerdos pasados que me llevan en volandas a otra época, a otra persona, a otro mundo…
Mi cuerpo tan pequeño incrustado bajo el esqueleto de los autobuses urbanos, calzado en unos patines de ruedas, de los de antes, vigilando el ruido del motor, con los ojos clavados en sus tubos de escape, las manos fuertemente agarradas al parachoques, con el corazón galopando y deseando sentir la velocidad. Pura inconsciencia la del niño en plena ciudad sin perro que le guarde.
Las carreras, por alcanzar los primeros el rebufo del gigante de hierro, los golpes en la cabeza, en las piernas, por todo el cuerpo, la sensación inigualable de librarse por los pelos de las ruedas, similares a las personas mayores que tan pronto te sonreían como te podían aplastar en un mal segundo.
Los gritos de las madres, de las vecinas, de los chóferes, los nuestros, ¡lo logré! ¡Mierda, un poco más y me quedo hecho una calcomanía! Las risas, los suspiros, los lamentos, todos a una.
Los claxon de los coches volviéndose locos, hinchándonos de juramentos, nuestras sonrisas abiertas, francas, al tiempo del corte de mangas. Los cruces, los frenazos, los atropellos, los adoquines y el abuelo que anda despistado y acaba fuertemente agarrado a un cuerpecito loco que no tiene consistencia ni para sí mismo.
Los saltos, las acrobacias, los aplausos, los lloros, las roturas y los logros, todos llenaban el aire de una magia incalculable, y las autopistas bajo los puentes, las escayolas después del vuelo, las piedras que se arrojan y se asientan en una cabeza inexperta.
El olor a alcohol, los pinchazos en el culo, los hombres en los bares, las mujeres en las aceras hablando de lo suyo, y nosotros libres como pájaros rompiéndonos el alma a juegos y peleas, haciendo amigos y rellenando horas, largas y ardientes en verano, cortas y frías en invierno.
El cine, las abuelas, las palomitas, la tele, los juegos de mesa, el brasero, la estufa de butano secando la ropa, sillas que se prenden fuego y el invierno cosechando mentes febriles en las escuelas, profesores que pegan, que explican, que rezan y tus manos en los bolsillos, con las uñas rotas, las yemas sangrando y los ojos diciendo otra cosa.
Los padres, esas personas que se ven de semana en semana, leyendo la cartilla, sacando la correa, tomando cubatas, cazando y vociferando los domingos por la mañana. Los churros calentitos, el chocolate negro y espeso, la bufanda y los guantes, el castañeteo de dientes de miedo y hielo, sin saber cuál escoger.
Y llega la primavera, los calcetines largos, blancos, los zapatos de charol, la palma, las comuniones, las fiestas, las faldas o pantalones cortos, los mocasines, las chaquetas de punto caladas, y las peonzas dando vueltas en la tierra. Los hulahops, los juegos de pelota, el jugar a matar, a pillar, a correr y sentarte en los portales, 20 chiquillos entre chicos y grandes, y seguir riendo, porque de risas se vive en la calle.
Y llegan los días de playa, los días de montaña, llegan las excursiones, las chanclas, el sol, las tormentas, el verano que avanza, la manga corta, los tirantes, las vacaciones, las notas, los exámenes finales, el coche, las maletas, los padres en casa, las madres atareadas, las abuelas puestas al fresco, los niños no pierden baza.
Llegan los pueblos, los mulos, los cerdos, los cortijos, la gente de habla rara, el flamenco, las palmas, los mosquitos con los murciélagos a pachas, la sombra de los olivos, el abuelo y la cazalla, el remolino de aire, las bocanadas de arena blanca, los castillos en el aire, las casas en las ramas, los pájaros criando, el gazpacho en la nevera, las truchas en los ríos, las muchachas enamoradas.
Y se van los coches, y se van las aves, los amigos de campamento, los amores de verano, las maletas y las chanclas, y vuelve el otoño con las bellotas y las castañas, con los bulets de temporada, y otra vez el colegio, y otra vez manga larga y se suceden año a año recuerdos que me llagan, me levantan y me hablan de un mañana que no volverá, que se quedó en aquella triste mañana, y se acaban las horas en que reír era lo único que importaba.

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