Siempre quise escribir una novela de amor….

Siempre quise escribir una historia de amor, pero me fue imposible, el único hombre que conocí capaz de hacerme sentir así murió apoyado en el regazo de mi falda…

Aquellas palabras retumbaban en sus oídos sin saber muy bien qué era lo que le recordaban, más pidió que Aurora su compañera de habitación se las repitiese una y otra vez.
-¿Pero otra vez? -preguntó muy extrañada-. Si me lo dicen juro ahora mismo que hubiese dejado que me cortaran todos los dedos de las manos. Imposible que estas palabras hagan mella en ti, atea como eres del amor.
Juliana andaba persiguiendo recuerdos por el páramo de su memoria, y necesitaba oír esas palabras que retumbaban en su cabeza como un eco lejano.
-¡Bombas! -exclamó, entre la sorpresa y el miedo, Juliana.
-¿Bombas? -preguntó a su vez Aurora-. Se acabo, voy a llamar a la enfermera…
El sonido de una campanilla tenue se hizo escuchar por el pasillo para al poco aparecer Luisa, la enfermera de guardia aquel domingo frío de marzo.
-Sí… Polonia… Los judíos… Bombas muchas bombas… Y él, él estaba allí… Sí.
-Enfermera dele algo a Juliana que mire usted que de tonterías está diciendo -dijo bastante turbada, si no asustada, Aurora.
-¡Juliana! ¿Me oye? Soy Luisa, la enfermera ¿se acuerda? -decía mientras zarandeaba a la anciana.
Juliana seguía diciendo cosas inconexas fuera de contexto como en una película muda.
-Aurora ¿sabe usted por casualidad qué es lo que le ha puesto en este estado? -se interesó Luisa.
-¡Oh! No sé qué decir, yo estaba leyendo como siempre historias de amor y para no dormirme empecé a leerla en voz alta, y de repente sin saber cómo ni por qué me pidió varias veces y con apremio que le volviese a leer esta cita que le voy a enseñar -le adelantó el libro para que Luisa pudiese ver a lo que se refería-, y que me quemen en la hoguera si entiendo algo. Juliana es la mujer que menos cree en el amor de cuantas personas he conocido, y tengo unos años…
-Ya, ya, Aurora. Ha debido recordar algo o algún sueño, no sé. No se preocupe le traeré un sedante para que no la moleste mientras lee.
-¡Oh! No me molesta, me preocupa… Es una mujer tan apacible de normal que no entiendo nada… Vamos que no… que no sé cómo explicarlo. Estoy… ¿cómo decirlo?… Perpleja, sí, esa creo que es la palabra, pero por el amor de Dios no le dé usted nada que ya se le pasará.
-Pero -quiso protestar la enfermera-…
-Nada Luisa, si se pone peor le prometo a usted que la llamo enseguida.
Mientras estas dos mujeres seguían con su conversación, Juliana estaba muy lejos de allí, en un mundo destrozado, en llamas, con alarmas antiaéreas sonando por todos los rincones, arrastrando el miedo y el hambre como las ratas enfermas que salen de las alcantarillas para morir.
Marek, polaco y judío huía de las SS, semi desnudo, con las botas más hambrientas que su estómago, corría calle abajo por la plaza dónde en algún momento hubo una preciosa fuente. Iba herido de bala, corría de medio lado arrastrando una de sus piernas, la derecha…
-Sí, es un recuerdo nítido -pensó en voz alta Juliana-. Marek, sí, ese era su nombre. Estoy segura.
-Pero ¿qué dices Juliana? -la cortó en seco Aurora-. Como sigas así te juro que llamo a la enfermera.
Marek era un chico de unos 18 años a bulto, bastante atractivo para Juliana. Ella lo conocía de la escuela pero con la llegada de la guerra lo perdió de vista. Habían sido amigos desde los 13 años, edad en la que Juliana llegó a Polonia con sus padres. Su padre era de allí, su madre española. No tenían familia en España, la Guerra Civil española se llevó lo que quedaba de ella.
Marek siempre le sonreía, y le llevaba chuches para que se las comiese en el recreo, pues por entonces y mucho después eran pobres.
Gritó su nombre, y él al verla corrió a refugiarse en el portal donde vivía Juliana con su familia. Él le sonrió como en los viejos tiempos, con 16 años apenas ya llevaban toda una vida a cuestas, y fue como si el tiempo se hubiese detenido tres años antes, al inicio de la monstruosidad humana que vigilaba la vida.
Poco pudo disfrutar de ella, murió desangrado apoyando su cabeza en la andrajosa falda que apenas le tapaba unos muslos famélicos. Lloró, lloró mucho y se quedó junto a él durante mucho tiempo, no sabría concretar si horas o días, quieta, como una estatua, mirando la negrura de unos ojos cristalizados por la muerte, acariciando un cuerpo rígido y putrefacto que no era capaz de oler.

Muchos años después, Juliana volvió al lugar malditamente sagrado, y encontró una lápida sin nombre, con una cruz de hierro oxidada, en el mismo sitio en que ella con sus propias manos horadó la tierra. ¿Quién la puso?… ¿Alguién la vio?…
En una segunda visita, al día siguiente, fue acompañada de un cuchillo de monte que le sirvió para escribir las iniciales de Marek. También trajo consigo un papel cuidadosamente doblado que dejó bajo una piedra al lado de la losa que protegía los restos de aquel desgraciado, nacido bajo el signo de los judíos.

La nota decía lo siguiente:

Siempre quise escribir una historia de amor, nuestra historia, la única, pero las bombas te mataron y te dejaron tendido en el regazo de mi falda… Hubiese sido la mejor, pero sólo llegó a ser la historia de una injusticia más de la guerra. Nunca te dije que te amé…

Asumo mi derrota

Asumo mi derrota
no te equivoques
no es lo que importa.

Asumir, está bien
ser vencida, no es malo
andar despierta en un sueño sin retorno
eso sí que es insano.

Despertar en un nido despoblado
llorar y gritar
cuando el universo es ciego y sordo
y tú alzas tu mano.

Asumo que es mi falta
no tu error
solo una cosa me destroza
saber qué es lo que de verdad importa.

Despertar del 20/05/2017

Joder!!! Otra vez en mi cabeza.
Eres un recuerdo recurrente
Q juega a desatornilarme la testa
Pierdes el tiempo,
Yo ya soy loca de antes.
Te recuerdo a mi lado,
Después te largaste.
Y yo pensé q moriría de dolor…
Me descerrajé las venas
Y sabes?
No paso nada!
Por ellas no corría ni una gota de sangre.
Y salí a la calle
Para enseñárselas a la gente
Q huía horrorizada, con el vómito entre los dientes.
Te recuerdo a mi lado
De rodillas, suplicando…
Yo riendo y gozando
Apretando tus huevos
Que… Oh, sorpresa!!!
No salieron por tu nabo…
Te recuerdo llorando, gritando
Y a mí, con el látigo en la mano.
Sí!!!! Lo recuerdo.
Lancé una epístola al aire
Y tú saliste por la ventana volando
Tus sesos se quedaron en el suelo
Yo con mi látigo ensangrentado
Creo que para entonces
Ya estaba loca,
Porque la muerta fui yo
Y tú el que aquella mañana
Por el balcón me lanzaste.
Desde entonces,
Y de eso ya hace…
Veo tu muerte
Y tú en tus sueños
A mí esperándote.

De la relación…

Y las pistolas cargadas
junto al teclado
dispuestas a matarte
a letras, frases y sensaciones.

Y todas sus balas llevan tu nombre
inventando leyendas que te envenerarán las venas
y un torrente creativo
será tu epístola
dónde se hará honor
a tu condición de triste lector
que sabiendo de tu muerte
no renuncias a abrir el libro
a dejarte los ojos…

Incauto que se ofrece como blanco
al dardo traidor del escritor
que juega a la ruleta rusa
con el cañón siempre dirigido
a tu puto rostro.

Y si no te mata
te quedas sentenciado
a ser un muerto viviente.

Cuando un adiós no es suficiente

La última vez que nos despedimos

¿recuerdas?

No llorábamos, nos inundamos por dentro.

En tus manos, mi vida, en las mías, la nada.

Y pasados los años,

no se cuántos,

te soñé

en la cueva

rodeado de papeles…

Te llamé

estabas recién casado

y miré mis manos, vacías…

y me tembló la voz,

y se me quebró el cuerpo.

Te felicité

y quise sonreír

y se me estalló el corazón

todo se llenó de sangre

y desde entonces

no creo en el amor.

El último agujero

El último agujero

 

¿Qué se siente cuando una persona se levanta y siente el constante y punzante aguijoneo de  la muerte rozándole la nuca…? No creo que sea muy parecido al que te provoca una caricia, un roce inesperado, ni tan siquiera al leve soplido de un aliento familiar.

¿Qué se siente cuando esa persona sale a la calle, cierra la puerta de su casa, con llave, como todo hijo de vecino, y sabe que hoy puede ser el día en que lo arresten y le priven de libertad?

Pese a que soy incapaz de ponerme en esa clase de pellejos, conozco y he conocido a más de uno y una que experimentan o experimentaron a diario estas sensaciones. Y todo parece tan natural… Su sonrisa, su forma de hablar, su forma de vestir.

¡Qué fácil sería distinguirlos, si fuesen como los antiguos yonquis que se metían por vena la mierda y les salía por la boca esparciéndose por el resto del cuerpo y de su ropa!

¿Qué les incita a vivir al límite, qué, hasta las últimas consecuencias? ¿Cómo asumen esa carga, cómo asumen que su vida es un filo de navaja traicionera y afilada?

¡Ah! Ahí es nada, una vida, una persona, que tiene el precio de un mal día, un mal momento, una mala hora, un minuto desbocado, un segundo desganado…

Siempre decimos o pensamos que la muerte está allí donde está la vida, y es verdad, pero nunca nos hemos parado a pensar realmente lo que eso significa. Sin embargo, este tipo de personas, no es que lo piensen, lo asumen desde el mismo momento en que toman esta vía.

Es posible, que sea sólo pura palabrería, y que en el fondo tengan tanto o más miedo que nosotros, o que su careta sea especial,  más poderosa que la nuestra.

¿Donarán sus cuerpos a la ciencia cuando hayan muerto o por el contrario querrán ser enterrados cristianamente, o querrán seguir un rito judío, o musulmán, o hindú…?

¿Conocerán o tendrán algún tipo de fe especial que les hace inmunes a las consecuencias de sus actos? ¿Será verdad que su subconsciente tapone todas aquellas emociones negativas que se reproducen continuamente a causa de su modo de actuar?

¿Por qué me he de preguntar yo estas cosas, por qué nos preguntamos estas cosas y se nos hace un nudo en el cuerpo, nos sentimos incómodos, aturdidos, sobrepasados, desprotegidos…?

Vemos personas que de repente se vuelven monstruos, y no sabemos gestionar qué hacer, qué pensar, qué sentimos, qué pensamos. ¿Seremos inútiles emocionales?

Él lo tenía claro, él decía que lo tenía asumido.

Un día le pregunté, y si el muerto no fueses tú, fuese otro, un policía, un rehén, alguien que pasa por la calle en ese instante, ¿eso también lo tienes asumido?

No me contestó, en cambio, se quedó pensativo. Me miró y me dijo. ―¡Mala suerte!

Quise ir un poco más allá. Pregunté a bocajarro: ―¿Tú asesinarías por dinero? ¿Tú serías capaz de levantarte, desayunar, salir de tu casa, sabiendo que tu objetivo del día es matar a tal o cual persona?

Hizo un gesto de fastidio y muy tranquilo dijo que no necesitaba matar para conseguir dinero, pero que en el caso en que la cosa cambiase y la necesidad fuese más fuerte que la razón no lo dudaría, al fin y al cabo la gente muere cada día sin producir ningún rendimiento, si por lo menos a él le facilitase la vida dejaría de ser una muerte inútil.

Si las preguntas de antes se uniesen, si un vulgar ladrón tuviese en su cabeza la posibilidad de que en cualquiera de sus atracos alguien inocente pudiese morir, ¿dejaría de robar?

Si un asesino a sueldo, tuviese que matar a un hijo suyo por enfrentarse a su jefe, ¿qué primaría el dinero o la familia?

La razón nos dice que en ambos casos se dejaría de delinquir, pero la realidad nos muestra una y otra vez que no es así, que hay algo más poderoso que la vida, y no creo que sea el dinero, que prevalece. ¿Qué o cuál es esa motivación única, personal y real?

Esa era mi tesina, ese era mi reto, descubrir que se encierra detrás o dentro de una mente delictiva.

Y esa fue la manera en la que me introduje en un mundo que a mis apenas 20 años me quedaba más que grande.

RECUERDOS

RECUERDOS

Recuerdos de juventud, recuerdos de la niñez, recuerdos pasados que me llevan en volandas a otra época, a otra persona, a otro mundo…
Mi cuerpo tan pequeño incrustado bajo el esqueleto de los autobuses urbanos, calzado en unos patines de ruedas, de los de antes, vigilando el ruido del motor, con los ojos clavados en sus tubos de escape, las manos fuertemente agarradas al parachoques, con el corazón galopando y deseando sentir la velocidad. Pura inconsciencia la del niño en plena ciudad sin perro que le guarde.
Las carreras, por alcanzar los primeros el rebufo del gigante de hierro, los golpes en la cabeza, en las piernas, por todo el cuerpo, la sensación inigualable de librarse por los pelos de las ruedas, similares a las personas mayores que tan pronto te sonreían como te podían aplastar en un mal segundo.
Los gritos de las madres, de las vecinas, de los chóferes, los nuestros, ¡lo logré! ¡Mierda, un poco más y me quedo hecho una calcomanía! Las risas, los suspiros, los lamentos, todos a una.
Los claxon de los coches volviéndose locos, hinchándonos de juramentos, nuestras sonrisas abiertas, francas, al tiempo del corte de mangas. Los cruces, los frenazos, los atropellos, los adoquines y el abuelo que anda despistado y acaba fuertemente agarrado a un cuerpecito loco que no tiene consistencia ni para sí mismo.
Los saltos, las acrobacias, los aplausos, los lloros, las roturas y los logros, todos llenaban el aire de una magia incalculable, y las autopistas bajo los puentes, las escayolas después del vuelo, las piedras que se arrojan y se asientan en una cabeza inexperta.
El olor a alcohol, los pinchazos en el culo, los hombres en los bares, las mujeres en las aceras hablando de lo suyo, y nosotros libres como pájaros rompiéndonos el alma a juegos y peleas, haciendo amigos y rellenando horas, largas y ardientes en verano, cortas y frías en invierno.
El cine, las abuelas, las palomitas, la tele, los juegos de mesa, el brasero, la estufa de butano secando la ropa, sillas que se prenden fuego y el invierno cosechando mentes febriles en las escuelas, profesores que pegan, que explican, que rezan y tus manos en los bolsillos, con las uñas rotas, las yemas sangrando y los ojos diciendo otra cosa.
Los padres, esas personas que se ven de semana en semana, leyendo la cartilla, sacando la correa, tomando cubatas, cazando y vociferando los domingos por la mañana. Los churros calentitos, el chocolate negro y espeso, la bufanda y los guantes, el castañeteo de dientes de miedo y hielo, sin saber cuál escoger.
Y llega la primavera, los calcetines largos, blancos, los zapatos de charol, la palma, las comuniones, las fiestas, las faldas o pantalones cortos, los mocasines, las chaquetas de punto caladas, y las peonzas dando vueltas en la tierra. Los hulahops, los juegos de pelota, el jugar a matar, a pillar, a correr y sentarte en los portales, 20 chiquillos entre chicos y grandes, y seguir riendo, porque de risas se vive en la calle.
Y llegan los días de playa, los días de montaña, llegan las excursiones, las chanclas, el sol, las tormentas, el verano que avanza, la manga corta, los tirantes, las vacaciones, las notas, los exámenes finales, el coche, las maletas, los padres en casa, las madres atareadas, las abuelas puestas al fresco, los niños no pierden baza.
Llegan los pueblos, los mulos, los cerdos, los cortijos, la gente de habla rara, el flamenco, las palmas, los mosquitos con los murciélagos a pachas, la sombra de los olivos, el abuelo y la cazalla, el remolino de aire, las bocanadas de arena blanca, los castillos en el aire, las casas en las ramas, los pájaros criando, el gazpacho en la nevera, las truchas en los ríos, las muchachas enamoradas.
Y se van los coches, y se van las aves, los amigos de campamento, los amores de verano, las maletas y las chanclas, y vuelve el otoño con las bellotas y las castañas, con los bulets de temporada, y otra vez el colegio, y otra vez manga larga y se suceden año a año recuerdos que me llagan, me levantan y me hablan de un mañana que no volverá, que se quedó en aquella triste mañana, y se acaban las horas en que reír era lo único que importaba.

La suerte del escritor

me siento en la esquina dormida
donde la música tiene un eco especial
donde el murmullo de los contertulios es un susurro
me contagio del entorno
ha llegado la hora
saco la pluma, y robo servilletas para poemas
diluyo el pensamiento en letras
y las sueño en voz alta
siento la sonrisa en las tripas
sigo trago a trago saboreando el olor de las tapas
mi cigarrillo se ha consumido sin apenas un par de caladas
necesito ese halo prohibido
apagado contra la pared
el camarero me sorprende con una mueca complice
le sonrío
me trae otro lamento espirituoso que se escurre por el vaso
y al extender la mano
le regalo un trozo de mi alma
que tira con desinterés en la basura de la barra.